PANORAMA

El monte es vida

Gentileza: ATE Córdoba.

23 de Agosto 2022

Sentía los sonidos del metal, del motor, chirridos, golpes de metal contra piedra, de piedra contra metal, de metal contra madera, de metal contra animal, de metal contra tierra, de metal sobre flores.

Sentía que se acercaban, y sentía también el sol de la mañana que lo acariciaba, pero esta mañana era muy distinta a otras, los sonidos chirriantes venían creciendo día a día hasta hoy en que eran abrumadoramente cercanos.

Con las hojas podía percibir el humo del combustible quemado, los olores de los policías, escuchaba las vibraciones tenues de las conversaciones a media voz o de los gritos ordenadores.

La topadora se le venía acercando cada vez más, la sentía venir en su moverse adelante y atrás, adelante y atrás, como tanteando rumbo, desgarrando pedazos de monte y suelo que eran uno solo y ahora se disgregaban y los tendones y los hilos de raíces se estiraban como podían hasta que estallaban en cortes y tajos.

Hasta que el bufido estuvo demasiado cerca, y sintió lo que no sabía que era, eso que no veía, esa navaja de toneladas de metal lo atacó abajo y su tronco fuerte chilló y sintió el desarraigo, eso que jamás había sentido, moverse y romperse al moverse, empezar a salirse de ese lugar en que había estado tantos años, y la electricidad en su ser era un relampaguear de cortocircuitos, chispazos, estallidos, sus gritos suavecitos bañaban las plantas cercanas, las que todavía estaban enteras se sorprendían y al mismo tiempo no, porque entendían, porque todo el vallecito del arroyo Ancón ya sabía, de alguna manera, lo que estaba pasando.

Desde unos segundos antes de ese terrible dolor había percibido otras vibraciones, calores de varios cuerpos acercándose, no lo tomó como una esperanza, estaba todo muy mezclado, pero los movimientos coincidieron, los cuerpos se acercaron más, voces nuevas estaban en el aire, la topadora frenó, se quedó quieta caliente plateada amarilla negra con letras celestes que decían SACDE. El motor encendido.

La pala gigante detenida a medio matar el espinillo.

El espinillo empezado a arrancar de raíz, pero todavía agarrado enraizado, el tronco doblado inclinado las ramas varias tocando el pasto las carquejas los topasaires aplastando sin quebrarla a una marcela.

Las personas recién llegadas se afirmaron contra la pala, el maquinista apagó el motor. Los policías se llamaban entre ellos, porque ahí habían quedado pocos porque otros habían sido distraídos, llevados a la zona del mortero por otras personas, ése había sido el plan, un grupo pidió ver que el mortero indígena, que debía ser resguardado, no haya sido tocado, mientras otro grupo avanzaba por adentro del monte para aparecer ante la vista del maquinista, por un costado, no por el frente, porque la pala es tan grande que el maquinista no ve lo que está destrozando, ni puede ver si alguien se mete adelante.

Cuatro horas más, se estiró la vida del espinillo cuatro horas más, no más, porque el comisario Salazar llamó a sus superiores, acordó la estrategia, se acercó a las personas vecinas del lugar y les mintió, diciéndoles que iba a cumplir la ley, pero en realidad ganaba tiempo para traer más policías al lugar, y una vez que reunió la tropa suficiente avanzó violentamente sobre la gente, mientras un policía de civil filmaba la impunidad, la vergüenza callada, la cobardía del poder, la carga de tres personas hacia el calabozo de La Falda.

En esas cuatro horas, con la pala de acero rompiéndole la columna vital, siguió brotando, despacio, sereno, dolorido, pleno, sudado, siguiendo su movimiento, su expansión, respirando, dando oxígeno, aromando el aire, conectado a la tierra en miles de hilos subterráneos, conectado al vallecito pleno de amigas y amigos que no sabía si iba a volver a sentir, tocado ya su cuerpo por miles de pájaros, besado por millones de insectos, mojado por miles de lluvias, iluminado por las lunas, impactado misteriosamente por los planetas, amado por el universo.